sábado, agosto 15, 2020

Teresa Alonso: superviviente de Leningrado

A raíz de una conversación anoche en partida, voy a hablaros de Teresa Alonso, una ancianita amiga de mis padres que, a base de pequeñas charlas merendando en casa, me contó como sobrevivió al bombardeo de Guernica y al asedio de Stalingrado.

Escribí esto como un hilo de twitter, pero lo copio al blog porque no quiero que se pierda.

Estábamos preparando una partida de Cthulhu dark ambientada en la guerra civil, explicando anécdotas que conocíamos y hablando del horror que fue y dio la casualidad de que Gabriel había estado escuchando esa tarde un testimonio por la radio. Dos frases y supe que hablaba de ella.



Con doce años Teresa vivía en Donosti y un día la enviaron a comprar carne al pueblo de al lado, pero se retrasaron con la furgoneta y llegaban tarde, así que al escuchar aviones, subieron a una loma y pudieron ver desde allí como la legión Cóndor bombardeaba Guernica.

Como tenía familiares en la UGT y pese a su corta edad estaba bastante implicada, para ponerla a salvo la enviaron a Rusia, junto a otros niños. Ella pensaba que iba para meses, pero viviría en Rusia 20 años. 


Partió en el carguero Habana, donde, consolando a una niña que tenía miedo de la tormenta, conoció a Ignacio, de quince años, y se enamoró para siempre de él.

Fueron juntos al colegio y él le pidió matrimonio tres años más tarde, al cumplir ella 15. Pero el educador les pidió que esperaran un año. Todo se torció a partir de entonces.

La acogida en Rusia había sido maravillosa. Eran refugiados, así que les curó, se les cuidó y alimentó, se les dio educación y un lugar donde vivir. Fueron adoptados de facto por el pueblo ruso.

Teresa viajó a Leningrado para hacerse Perito electricista y entró a trabajar en una fábrica, mientras que Ignacio se formaba como piloto en otra población. Ese mismo año empezó el cerco de Leningrado.

Lo primero que hizo Hitler fue bombardear los almacenes de alimentos. No tenían ni agua porque estaba congelada. Hervían cola de carpintero y suelas de zapato para hacer sopa.
A veces en el comedor aparecían hamburguesas de carne, pero no preguntaban de donde venía esa carne. Lo sabian, pese a ello. En las calles a veces se veían cuerpos a los que les faltaban trozos.


Teresa se alistó con una amiga para cavar trincheras, recoger cadáveres y hacer tareas de enfermería. Llegó a pesar 37 kilos.

Un día, la explosión de un obús la lanzó contra un muro y se hizo una lesión terrible en la espalda, pero como no había sangre, tuvo que tirar adelante pese a todo.

Escapó de Leningrado junto un grupo de personas. Lo hicieron cruzando el lago Ládoga, en época de deshielo, algo peligrosísimo. Los nazis habían construido sobre el lago un ferrocarril sin saber siquiera que era un lago.

Cruzaron el Cáucaso, a Georgia, y encontraron trabajo en una fábrica, pero el jefe intentó violarla y huyó. La acogieron un zapatero armenio y su familia, que la acogieron como a una hija. Les llamaba papá y mamá, y vivió con ellos tres años, pero tenía que encontrar a Ignacio.

Viajó a Moscú en su búsqueda y descubrió que, en marzo de 1944, el avión de Ignacio había sido derribado y, para evitar su captura, se había suicidado pegándose un tiro en la sien. 

El dolor enloqueció a Teresa y tuvo que ser ingresada en un psiquiatrico durante un mes, con camisa de fuerza.

Cada día la iba a ver un Teniente Coronel del ejército Ruso, Vicente Carrión, el más joven que había entonces. Se casaron y quedó embarazada, pero fue un matrimonio sin amor, así que en el 56, tras morir Stalin, Teresa volvió a España con su hija.

Estaban en pleno franquismo, así que una persona que venía de Rusia era sospechosa, y la policía la seguía a todas horas. Su familia, que se había trasladado desde el País vasco, ahora vivía en Monistrol, pero le pidieron que no fuera a verlos más. Tenían miedo de la policía.

Subsistió como pudo. Metió a su hija en un internado y entró a trabajar a un hotel. Dormía debajo de una escalera. 

Logró operarse por fin la espalda. 


Más tarde, fue telefonista de Pepsi por 20 años y se casó con el marido de una vecina cuando ella murió, pero seguía llorando a Ignacio.

Hace unos años escribió una carta a Rusia. “Señor Putin, ¿Puede que esta herida sea la única medalla que merezco?" Desde entonces, Teresa ha recibido varias condecoraciones. La última en mayo de este año. 


Ha salido también en muchos documentales y le han hecho muchas entrevistas. Su historia daría para novelas y para libros y algunas de las cosas que le pasaron si las encontramos en una novela no las creeríamos. Os enlazo algunas entrevistas y páginas de interés.

El primero es un audio de 13 minutos de una entrevista en radio nacional.

Una entrevista en El periódico, muy completa. 

Un articulo sobre la condecoración que recibió en mayo de este año, en plena pandemia. 

Su página en la Viquipedia, con más enlaces e información.

Atrapados, de Montserrat Llor, recoge su testimonio junto el de otros niños de la guerra.

 
 

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